martes, 20 de agosto de 2013

V.P. y los hombrecillos verdes


Desde el día en que Vicente Pérez adquirió un Seat Toledo, caprichosamente llamado “nubeazul” (bautizado así por el propietario anterior del anterior), se le habían multiplicado las detenciones efectuadas en los diferentes puntos de control donde las diferentes autoridades del territorio, se apostaban para detener cualquier indicio que atentase contra la ley, y que sobre ruedas quisiera hacer caso omiso del brazo de la ley;¿acaso se le había puesto cara de delincuente, montado en aquella tartana?, algo añeja en relación con otros vehículos, pero ni demasiado golpeada ni adornada de manera llamativa. Era un vehículo simple, desgastado un poco, pero no lo suficiente como para no atravesar por al lado de un policía o similar, que viese en el mismo la sospecha de lo ilegal, de lo inmoral, de lo clandestino, al mirar hacia el interior de nube azul...... Aunque pensándolo bien, sin “nubeazul” ya se había visto innmiscuido Vicente, en situaciones similares, de forma sorpresiva y fortuita; pero no con la asiduidad del presente.



Vicente dio un repaso a su fachada exterior; “está bien, asintió para sí mismo. No soy el que mejor viste de la zona oeste, pero tampoco tengo cara de asesino, ni siquiera de psicópata, aunque tal vez sí de payaso. Pero no conozco muchos payasos que sean detenidos constantemente; o a lo mejor tampoco he conocido a un colectivo de payasos lo suficientemente grande como para poder adentrarme en esta cuestión, ni siquiera que tenga una trascendencia anecdótica. Sin embargo si le tendemos el sentido peyorativo a la palabra payaso, sí que podría decir que conozco payasos malévolos, generalmente con cierto poder adquirido ( no me pregunten cómo), que son capaces y abrigados por cierta parte de la población, viven al margen de cualquier código de convivencia y que para colmo, nunca son detenidos, ni interrogados, ni vilipendiados de esa manera”



Comiéndose una tapa de boquerones en vinagre, al que acompañó con una pipirrana exquisita, unas almejas con perejil y ajo, y unos calamares rebozados, finamente dorados....se le pasaba esto por la cabeza, mientras se daba cuenta  de lo maravilloso de su mesa, los elevados manjares que llenaban su boca de buen humor y placer. Acompañado todo de un pan, ni demasiado rústico, ni demasiado refinado, un pan tirando un poco a cuerpo ligero, fácil de deshacer en la mandíbula, cosa que a Vicente le venía estupendamente, pues no tenía los piñones dentales, en todo su esplendor, y prefería no enfrentarse a algunos tipos de pan, por temor a dejarse alguno de ellos en el camino.



Dos horas antes, Vicente había tenido que conducir, hasta la cárcel pues allí, que eran donde todas las autoridades querían mandarlo, allí se desarrollaba su trabajo en un empresa de limpieza, que se encargaba de mantener limpio (según qué partes, con mas frecuencia que otras). Conducía por el municipio cercano al talego, el Rontondín, allí en muchas de las redondas que la circulación ofrecía, atravesando el poblado, se apostaban hombrecillos verdes, que se fundían con la maleza, que ejercitaban un mimetismo casi perfecto, con los pinos, los algarrobos, y también con los pinos de los tontos, conocido vulgarmente así porque es fácilmente confundible por uno de los del género pinus.
Los hombrecillos se conseguían unos lugares privilegiados para abordar a los viajeros, tajantemente, sin ofrecer escapatoria a cualquiera que pudiera ver bajo su juicio parcial, la vulneración de lo lícito. Elegían una buena sombra por si, se les quitaba las ganas de trabajar . En cuyo caso tenían que tomarse unos cubatas, para poder soportar las altas temperaturas.
 
Cuando le dieron el alto, Vicente ya se había crecido por dentro, ya se sentía indignado por tal atropello, en que una vez más tendría que soportar, los interrogatorios diversos, insensatos, y hasta subidos de tono, de aquellos amenazantes hombrecillos verdes que no lo dejaban ir de un lugar a otro, sin aprensión, en aquel maldito vehículo nubeazul, al que seguramente todos los demonios más siniestros habían palpado con su zarpa. Y los hombrecillos verdes olían sin demasiado acierto, pero como se les metiera algo entre ceja y ceja, era difícil hacerles entrar en vereda distinta.
 
 
 
 
 
 

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